miércoles, 16 de mayo de 2018

La mentalidad de víctima te encarcelará y luego te destruirá


Escrito por Elio Martino y publicado en Areo el 12 de mayo de 2018

Recientemente, Candace Owens, presentadora del popular canal de YouTube Red Pill Black, y directora de comunicaciones del conservador centro de estudios Turning Point USA, apareció en los titulares cuando fue apoyada por Kanye West por sus puntos de vista sobre la mentalidad de víctima. Su opinión se puede resumir muy bien en estos dos tuits:


CO: Lo más controvertido que he hecho en mi vida ha sido decidir pensar con el cerebro en lugar de con el color de mi piel.

Noticia: Kanye dice que le gusta la forma de pensar de la personalidad mediática derechista Candace Owens
Mientras que los fans de Owens expresan su apoyo al discurso de Kayne, otros lo respetan por lo que parece ser un respaldo a la personalidad mediática de la extrema derecha. Foto a través de @nypost
CO: ¿Extrema derecha? Permítanme que lo aclare: creo que la comunidad negra puede hacerlo sin limosnas. Creo que los demócratas nos han atado a nuestro pasado para impedirnos nuestro futuro. Y no dejaré de luchar hasta que todos los negros americanos lo vean. No soy de extrema derecha: soy libre.

Dejando a un lado la desigualdad racial y la hipérbole, Owens toca un tema importante: la mentalidad de víctima es peligrosa y psicológicamente destructiva. Esta mentalidad engendra la insidiosa creencia de que uno no tiene ninguna agencia sobre su propia vida y que existen barreras insuperables en la vida de la persona, creando una tragedia de la que no tiene la culpa. La víctima puede sentirse impotente para promover el cambio y enfrentarse a la adversidad.
Si nos remontamos a Marco Aurelio y a psicólogos como Carl Jung, y más recientemente Jordan Peterson, esta mentalidad, argumenta Jung, proviene de la naturaleza de la asunción. Las víctimas, argumenta, no ven que pueden ser la causa de sus dilemas, por lo que no pueden ver que son la solución. Como consecuencia, la víctima ve al mundo como la causa de su miseria, por lo tanto el mundo debe cambiar para que la miseria termine. Si te percibes a ti mismo débil, incapaz de promover el cambio, o simplemente como un peón en una conspiración mal definida diseñada para evitar que tengas éxito, comienzas a sentirte como si estuvieses atrapado en el horizonte de sucesos de un agujero negro.
Como era de esperar, mirar hacia el abismo es aterrador y hace que el individuo pierda totalmente la perspectiva. Es la definición misma de una crisis existencial. Jung resume esto así:
«A menudo es trágico ver lo descaradamente que un hombre mezcla su propia vida y la vida de los demás, pero sigue siendo totalmente incapaz de ver hasta qué punto toda la tragedia se origina en sí mismo, y cómo continuamente la alimenta y la mantiene en marcha. No conscientemente, por supuesto, porque conscientemente está comprometido en llorar y maldecir a un mundo sin fe que retrocede cada vez más en la distancia. Más bien, es un factor inconsciente que hace girar las ilusiones que velan su mundo. Y lo que se está hilando es un capullo, que al final lo envolverá completamente». Carl Jung, The Collected Works of C.G. Jung: p. 4014.
Este fenómeno está muy estudiado por los clínicos. Por lo general, esta mentalidad surge al tratar de tolerar lo intolerable, a menudo como resultado de tener algunas experiencias malas — a veces experiencias horribles — y vincularlas como si hubiese alguna forma de patrón de vida fuera del control del individuo. Esto no es nada difícil de hacer; nuestro cerebro está cableadopara que se familiarice con la negatividad como mecanismo de supervivencia. Los individuos que llegan a la crisis tienden a hacer catastrofismo formando una errónea narrativa de vida en la que las circunstancias destacadas son la regla y no la excepción. Es importante destacar que el principal hilo de pensamiento que atraviesa la mente de estas personas es que tienen muy poco control sobre sus vidas.
Esta mentalidad puede alcanzar niveles casi conspirativos. La vida simplemente les está sucediendo a ellos, en lugar de ser algo sobre lo que tienen control. El cliente se siente perseguido por la vida, destinado a ser herido, defraudado, pobre o fracasado. En un nivel más profundo, hay otro conflicto. El individuo que se niega a tomar posesión de sus propios demonios, los proyecta sobre los demás para evitar integrarlos y aceptarlos como parte de sí mismo. En resumen, ellos empujan sus cualidades negativas hacia los demás ya que es más fácil enojarse con el mundo que hacer el aterrador viaje hacia adentro. Este enfoque externo y la falta de autorreflexión promueve una mentalidad de víctima que es psicológicamente aplastante.
No cabe duda de que este profundo sentido de falta de control sobre el relato de la propia vida es una prisión autoimpuesta, una profecía autocumplida. En este estado por lo general se produce uno de dos resultados, la persona implosionará, o explotará. Aquellos que implosionan se hundirán en la depresión o en patrones de comportamiento autodestructivos para enajenarse a sí mismos, llevando a menudo al nihilismo. Aquellos que explotan buscarán controlar el mundo a su alrededor en la mayor medida posible, buscando la validación externa para darle sentido al mundo y aliviar la ansiedad por su falta de control. Combina la hipervigilancia con el sesgo de confirmación (el mundo es malo y otras personas controlan mi destino), y no es difícil entender por qué los individuos completan la tríada mortal con el componente final: la salvación en la ideología.
Cuando buscas el mal en el mundo cometido por aquellos que están fuera de tu control, serás consumido por él como una amenaza existencial. Tal vez encuentres un grupo de personas de ideas afines que comparten este miedo, lo que te permite aliviar la desesperanza que sientes al compartir una cruzada para cambiar el mundo exterior. [1] Tu vida ahora tiene sentido, ahora tienes una identidad, un propósito, y otros que continuamente validan tu existencia. Naturalmente, los que intentan desmantelar esa identidad de víctima se van a encontrar con una hostilidad extrema. Jung argumenta que el no apropiarse de la propia sombra y en su lugar proyectarse en el mundo, lo hace susceptible a una ideología colectiva, que le ofrece el poder del que carece. El problema con una estricta adhesión a la ideología radical, argumenta Jordan Peterson, ya sea el fascismo, el comunismo, los Illuminati, o la justicia social radical, es que mete la zancadilla a su capacidad intelectual. Ya no son capaces de ver cada obstáculo de la vida y la información entrante por sus propios méritos, están en un filtro prediseñado de un tamaño que se ajusta a todos los filtros que el individuo ha adoptado para aliviar la ansiedad.
Aquí es donde entra en juego la indignación que se observa en todos los campus universitarios. Alguien que no ha aprendido a dominar sus distorsiones cognitivas o que no ha aprendido a regularse emocionalmente, consumido por esta identidad de víctima a menudo se comporta de una manera que funciona bien para hacer que la gente retroceda, se conforme o se dé la vuelta. Un ejemplo que puede haber visto es la respuesta emocional de reflejo instantáneo y la virulenta manera de llamar aquellos con los que no están de acuerdo u ofenden («me estás ofendiendo, eres una persona horrible»). Puedes haber sido testigo de una versión menos sofisticada de esto entre los niños cuando tienen un berrinche («no me das X, te odio»). El mecanismo de defensa que perpetúa el ciclo de mentalidad de víctima es resumido por el Instituto Zur:
«La postura de víctima es poderosa. La víctima siempre tiene razón moral, no es responsable y siempre tiene derecho a la compasión».
Potencialmente, como argumenta Jonathan Haidt, esta mentalidad puede haber evolucionado a partir de la sobreprotección parental, que busca evitar que los niños sean expuestos a experiencias difíciles. Un término que me gusta usar es el efecto algodón, que puede llevar a la crianza de niños que nunca aprenden a lidiar con el dolor emocional o con los desafíos y a medida que llegan a la edad adulta se encuentran mal preparados para abordar con madurez con experiencias difíciles. Como psicólogo aprendes a través de la exposición y el entrenamiento a no permitir que este ultraje altere tu reacción. Por el contrario, la pura indignación, que hace que la mayoría de la gente se retire, te dice exactamente lo que está pasando con esa persona, a quien luego tratas con compasión y respeto para ayudar a navegar por el dolor. Esta fue una lección aprendida de manera difícil por aquellos que intentaron tal táctica para detener a Jordan Peterson. Consejo: si quieres intimidar a alguien fuera de su plataforma con la indignación emocional, no elijas a un psicólogo.
La tormenta perfecta de la mentalidad de víctima, magnificada por el megáfono de la ideología radical de la justicia social, es un claro ejemplo reciente del fenómeno psicológico que lleva a la gente a lugares muy oscuros. Tomemos los ingredientes del dolor emocional y las experiencias negativas, agreguemos una pizca de disonancia y proyección cognitiva para proteger el ego, un poco de sesgo de confirmación y una pizca de distorsión cognitiva envuelta en una bonita ideología de «talla única», y habremos creado una prisión para la mente que conduce a un solo lugar: la desilusión, la ira, la depresión y un individuo ansioso sin las herramientas para escapar.
Un reciente artículo de Quillette escrito por la escritora feminista de izquierda Meghan Murphy describió la conclusión inevitable de la mentalidad de víctima combinada con una ideología estricta y radical. Una vez que uno se compromete a luchar contra una conspiración diseñada para suprimir las voces de las víctimas y castigar a los que continúan esa conspiración, hay una carrera obvia e inevitable hacia el fondo del barril, y los que se quedan atrás son canibalizados y encendidos. Esta reacción de «autodefensa» es el resultado aparente de sentirse genuinamente amenazado por ideas hostiles, y el cerebro, armado con la creencia de que las personas que no están de acuerdo contigo desafían su visión del mundo son hostiles, responde con una reacción muy física y psicológica, incluyendo dolor emocional genuino, y sentimientos de desesperanza y miedo.
Esto tiene sentido; cuando alguien está herido, aterrorizado y se siente amenazado, ¿qué esperas que haga? Desafortunadamente para el individuo que sufre nunca controlará lo suficiente del mundo para eliminar esta ansiedad/amenaza existencial. La conspiración y la identidad de víctima dependen de una amenaza externa; como tal, es de naturaleza perpetua; independientemente de los cambios que se hagan, la información se filtrará para encajar en la narrativa, los hechos se convertirán en una cuestión de fe sobre las pruebas, lo que conducirá a un camino de encarcelamiento total en una prisión psicológica autoperpetuante y profundamente dañina.
La clave para liberarse de esta prisión autoimpuesta reside en el individuo y su reestructuración cognitiva, los cambios de comportamiento y la regulación emocional. No se trata de negar hechos horribles pasados o presentes, ni de «pensar positivamente» o ser «feliz», dos nociones muy discutidas dentro de la Psicología Clínica. En cambio, la solución se encuentra en darle sentido a la narración de tu vida convirtiéndote en su actor principal, en lugar de conformarte con un papel secundario. Además, se trata de conocer tu sombra y entender cómo la proyección puede servir como señal para que la búsqueda interna se vuelva completa. En este sentido, Jordan Peterson ha popularizado algo conocido por muchos médicos: la metáfora en la terapia es intuitiva. Las metáforas pueden ser una manera duradera y profunda de ayudar a un cliente a superar los obstáculos difíciles de la vida. En mi experiencia los individuos responden fuertemente a metáforas abstractas que ayudan a poner en perspectiva sus experiencias personales de una manera que tenga sentido, narrativamente hablando. Como seres narrativos nos relacionamos con historias, y como tales las historias de triunfo sobre las dificultades pueden resonar con la gente. Ejemplos obvios de esto se encuentran en la popularidad de las animaciones de Disney como El rey león y en la cultura cambiando la franquicia de Star Wars. Los mensajes son simples: toma tu espada y tu escudo y mata al dragón. Cuando te ves a ti mismo teniendo agencia sobre tu propio dolor y sufrimiento y decides no permitir que otros los controlen, entonces tienes las llaves de tu propia cerradura.

Notas

[1] Kelly, C. (2011) «Group Identification, Intergroup Perceptions and Collective Action», European Review of Social Psychology4(1), 59–83, DOI: 10.1080/14792779343000022https://www.tandfonline.com/doi/abs/10.1080/14792779343000022?journalCode=pers20

domingo, 13 de mayo de 2018

Why Do Americans Work So Much?


The economist John Maynard Keynes predicted a society so prosperous that people would hardly have to work. But that isn’t exactly how things have played out.
Lucas Jackson / Reuters
How will we all keep busy when we only have to work 15 hours a week? That was the question that worried the economist John Maynard Keynes when he wrote his short essay “Economic Possibilities for Our Grandchildren” in 1930. Over the next century, he predicted, the economy would become so productive that people would barely need to work at all.
For a while, it looked like Keynes was right: In 1930 the average workweek was 47 hours. By 1970 it had fallen to slightly less than 39.
But then something changed. Instead of continuing to decline, the duration of the workweek stayed put; it’s hovered just below 40 hours for nearly five decades.
So what happened? Why are people working just as much today as in 1970?
There would be no mystery in this if Keynes had been wrong about the economy’s increasing productivity, which he thought would lead to a standard of living “between four and eight times as high as it is today.” But Keynes got that right: Technology has made the economy massively more productive. According to Benjamin M. Friedman, an economist at Harvard, “the U.S. economy is right on track to reach Keynes’s eight-fold multiple” by 2029—100 years after the last data Keynes would have had. (Keynes did not specify what he meant by a “standard of life,” so Friedman uses per-capita output as a proxy.)
In a new paper, Friedman tries to figure out why that increased productivity has not translated into increased leisure time. Perhaps people just never feel materially satisfied, always wanting more money for the next new thing. “This argument is, at best, far from sufficient,” he writes. If that were the case, why did the duration of the workweek decline in the first place?
Another theory Friedman considers is that “in an era of ever fewer settings that provide effective opportunities for personal connections and relationships,” people may place more value on the socializing that happens at work. But the evidence for this “remains uneven at best,” and, once again, “its bearing on the abrupt change in trend in the U.S. workweek in the 1970s is far from established.”
A third possibility proves more convincing: American inequality means that the gains of increasing productivity are not widely shared. In other words, most Americans are too poor to work less. Unlike the other two explanations Friedman considers, this one fits chronologically: Inequality declined in America during the post-war period (along with the duration of the workweek), but since the early 1970s it’s risen dramatically.
Keynes’s prediction rests on the idea that “standard of life” would continue rising for everyone. But Friedman says that’s not what has happened: Although Keynes’s eight-fold figure holds up for the economy in aggregate, it’s not at all the case for the median American worker. For them, output by 2029 is likely to be around 3.5 times what it was when Keynes was writing—a bit below his four- to-eight-fold predicted range.
This can be seen in the median worker’s income over this time period, complete with a shift in 1973 that fits in precisely with when the workweek stopped shrinking. According to Friedman, “Between 1947 and 1973 the average hourly wage for nonsupervisory workers in private industries other than agriculture (restated in 2013 dollars) nearly doubled, from $12.27 to $21.23—an average growth rate of 2.1 percent per annum. But by 2013 the average hourly wage was only $20.13—a 5 percent fall from the 1973 level.” For most people, then, the magic of increasing productivity stopped working around 1973, and they had to keep working just as much in order to maintain their standard of living.
What Keynes foretold was a very optimistic version of what economists call technological unemployment—the idea that less labor will be necessary because machines can do so much. In Keynes’s vision, the resulting unemployment would be distributed more or less evenly across society in the form of increased leisure.
Friedman says that reality comports more with a darker version of technological unemployment: It’s not unemployment per se, but a soft labor market in which millions of people are “desperately seeking whatever low-wage work [they] can get.” This is corroborated by a recent poll by Marketplace that found that for half of hourly workers, their top concern isn’t that they work too much but that they work too little—not, presumably, because they like their jobs so much, but because they need the money.
This explanation leaves an important question: If the very rich—the workers who have reaped above-average gains from the increased productivity since Keynes’s time—can afford to work less, why don’t they? I asked Friedman about this and he theorized that for many top earners, work is a labor of love. They are doing work they care about and are interested in, and doing more of it isn’t such a burden—it may even be a pleasure. They derive meaning from their jobs, and it is an important part of how they think of themselves. And, of course, they are compensated for it at a level that makes it worth their while.
The prosperity Keynes predicted is here. After all, the economy as a whole has grown even more brilliantly than he expected. But for most Americans, that prosperity is nowhere to be seen—and, as a result, neither are those shorter workweeks.

sábado, 12 de mayo de 2018

Grass-fed Beef — The Most Vegan Item In The Supermarket


Probably the most vegan item you can buy in the supermarket is a pound of grass-fed beef.
I was thinking about that heretical idea as I drove through my neighboring countryside, scanning empty cornfields for signs of life and wondering at the hubris of mankind. When did we decide that we can own all the lands of the Earth and use every square inch of it for our own needs? About 10,000 years ago, actually, when we invented the idea of agriculture.
Sadly, in the practice of agriculture it is impossible to not cause endless suffering to many living creatures. The most suffering of all is caused by annual agriculture, the cultivation of vegetables, including grains, beans, and rice, that only take one year to grow from seed to food. We displace countless wild animals from their homes and lands when we cultivate crops. Not only that, we also kill thousands of creatures when we till the soil.
I meditated on the empty corn fields for hours. In the end, what it represents is a graveyard for all wildlife, from the invertebrate worm to the feathery bird. The entire wild ecosystem of endless acres is completely interrupted by the tillage of all arable land.
About 400 million acres in the US alone is used to grow crops, which is about 40% of all US land.
This of course feeds us our daily meals, but it takes away the daily meals of billions of animals, as well as destroying their homes, families, hunting grounds, and so on. Not to mention the terrible slave-like conditions that many farm workers in the field are subjected to. Humans are animals as well.
See, I don’t believe in any way that a vegan diet actually causes less suffering in the long run then any other diet. All annual agriculture provides fertile ground for the casual extermination of hundreds of species of animals on a yearly basis.
That is why, in truth, a pound of grass-fed beef accounts for less suffering per capita then a pound of corn.

We are all looking at the problem of food morality through the wrong lens.
We think ”I need a moral framework on which to hang my hat and proudly proclaim myself this or that in order to feel like I am not a bad person.” Instead of clustering around that flawed outlook, I want to encourage us all, as a farmer and outdoorsman, to except the fact that life feeds on life, and began the healing process, the regeneration of spirit, by respecting the life energy that resides in everything that we eat.
We should respect the life energy in everything that we consume, from the tree for firewood to the petroleum to fuel our car, both the accumulated energy of ancient sunlight captured by perennial plants.
We exploit life energy endlessly, day after day, in various and sundry ways, including driving our cars on tarred roads and turning on our plastic phones to surf the internet, all of which is powered by the dark black blood of dead trees.
Veganism is a laudable idea, but for some it provides a framework for moral superiority. Cultivating a savior complex is a natural result of following any ideological cause, and life is then seen through a framework that excludes anything that doesn’t fit into that ideology. And the reality is that we all consume life energy, endlessly.
If the primary goal of veganism is to reduce suffering, then many of us are vegan, and a diet composed of primarily grass-fed beef and dairy, as well as free-range chicken eggs and perennial plants products, is the most vegan diet that there is.
We need to examine our relationship to land and the life energy it contains. In the early 1900s farmers knew that to keep the land in good tilth, which meant healthy and productive, they needed to let their fields go fallow. The idea that a piece of land is worthless of it is wild is prevalent in our society, and the idea of land allowed to go fallow is anathema.
In our modern society we feel that all things should at all times be as productive as possible.
But the funny apart of the term fallow was that it didn’t mean that the land was actually resting. No, what it meant was that the farmer was not coercing the land into productivity with a blade and an engine. When allowed to fall back into fallowness, the land itself bursts forth with wild life and energy beyond what is possible with an annual agriculture. The life stories of a million creatures play out and contribute to the regeneration of a piece of fallow land, a wild acre, a small part of planet Earth.
Our current framing of the food production problem is this: We need to utilize annual agriculture as heavily as possible in order to feed the population. As farmers, our mode is “boom or bust”. We don’t think we can spend 10 years to consciously design a perennial animal-based agriculture, because we need cash right now.
So what is really anti-vegan, what really harms animals, is this idea — that we need to produce annual crops on every square inch of land, creating a wildlife graveyard on 40% of America’s land in order to feed our endless hunger.
When we get right down to brass tacks, I don’t think that the majority of the people on the planet really understand what it takes to grow our own food. And this disconnection plays out across urban centers all around the globe, where people make a thousand choices trying to do the best they can with the panoply of annual agriculture products available.
Cheap food is killing our connection to the landscape.
More people on the planet means more resources being extracted from the earth, regardless of whether or not we are vegan. Avocado producing countries are feeling the avocado squeeze because of American’s high demand for guacamole. Acres of rainforest are being bulldozed to plant more avocado trees. Demand is so high that Mexico, which produces about half of the world’s supply, is thinking about importing avocados, while an average Mexican can’t even afford to buy them to eat.
All this to say, having your vegan raw food avocado chocolate cake isn’t as harmless as you may think.
If we really do take a true audit of the death and destruction our lifestyles wreak upon he natural world, we would all be surprised. We all live a trail of devastation as we go through each day, because all life consumes life in order to thrive- -this is the natural way of things, as far as I know. Is your plastic fleece hoodie so innocent, and is your root vegetable lunch so kind to the earth?
All root vegetables have to be planted in tilled land — how many deaths occurred when the land was tilled? Weeded? Cultivated? And finally, all root vegetables have to be dug up and the land prepared for next years crop.
When you wash your fleece in your washing machine, microbeads of plastic flow into your waste stream, and ultimately down into rivers and out into the sea, causing serious health problems for marine life.
What is important right now is to focus on gaining perspective on the larger, overarching issue that have as a society: We do not respect the life force.
Modern man just doesn’t respect the life that resides in all things, and is consciously and with much deliberation consuming all the useful energy until nature, the planet, is completely out of balance.
The planet will recover one way or another. But that Earth’s healing process may not include us if we do not choose to live more consciously.
And I certainly don’t think that means going vegan.
What it means is cultivating a real relationship with your food, for one thing. Eating locally will always trump any dietary morality play. When we eat locally, we create a relationship with the food that we put in our mouths every day. This relationship is like any other relationship, it needs work and care.
As Michael Pollan advocates, skip all the bullshit foods in the middle of the supermarket, all the packaged nonsense that is 90% corn-based. Corn-based foods are the least vegan foods you can purchase. They contain the most externalized suffering of any food group that I can imagine other then sugar, the other main ingredient on most of that packaged-foods garbage.
Instead of any packaged garbage, stock up on meats, vegetables, dairy, eggs, and all other whole foods. Just start there. Then search out your local farmers and purchase whole foods directly. Cultivate real relationships, in one way or another.
That is the only way to begin the real healing process.
We can reduce suffering on the planet by consciously entering into a relationship with the land, the people that live on the land, and the plants and animals that we consume.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Slavoj Zizek: “Las mujeres tienen derecho a objetualizarse”

El filósofo recibe la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes en Madrid.

Slavoj Zizek, este lunes durante su charla en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.

Cierto. Y no solo. Hoy en día, Zizek es uno de los filósofos más conocidos del planeta, adorado por quienes celebran sus golpes enfurecidos contra la corrección política y la democracia capitalista; criticado por los que le consideran poco más que un espejismo. El Círculo de Bellas Artes de Madrid, desde luego, pertenece al primer grupo. Ayer le entregó su Medalla de Oro y acogió una charla del pensador titulada Ernst Lubitsch: Cinismo, humor y compromiso.

Zizek empezó celebrando que “todos los grandes cambios empiezan con reflexiones inútiles” y lanzó sus ráfagas verbales por variados derroteros: los videojuegos, el feminismo, las drogas, la herencia de Mayo del 68 o la pornografía. Apuntó el dedo contra el antifascismo como nuevo opio del pueblo. “Trump, Le Pen u Orban están siendo demonizados como el diablo contra el que unirse. Son una amenaza pero esta imagen sirve como fetiche político que está impidiendo el obstruccionismo más básico. En Francia, Macron era el candidato antifascista, y solo por eso se desechaba cualquier crítica”, aseguró.

A partir de ahí, dedicó parte de su charla a la emancipación femenina. Y a polemiza. “Cuando las mujeres se visten provocativas, se objetualizan para atraer al hombre, están jugando activamente. Y esto es lo que molesta a nuestro chovinismo masculino que se indigna contra una chica que provoca y luego no quiere acostarse con nosotros. Rechazo la crítica a la objetualización que hace el feminismo; estoy a favor, es uno de los mayores logros de la liberación sexual. Las mujeres tienen derecho a objetualizarse; deberían tener el control del juego de la seducción”. Él, en sus conferencias, siempre lo tiene. Tanto que de Lubitsch, en realidad, ni habló.

Cierto. Y no solo. Hoy en día, Zizek es uno de los filósofos más conocidos del planeta, adorado por quienes celebran sus golpes enfurecidos contra la corrección política y la democracia capitalista; criticado por los que le consideran poco más que un espejismo. El Círculo de Bellas Artes de Madrid, desde luego, pertenece al primer grupo. Ayer le entregó su Medalla de Oro y acogió una charla del pensador titulada Ernst Lubitsch: Cinismo, humor y compromiso.

Zizek empezó celebrando que “todos los grandes cambios empiezan con reflexiones inútiles” y lanzó sus ráfagas verbales por variados derroteros: los videojuegos, el feminismo, las drogas, la herencia de Mayo del 68 o la pornografía. Apuntó el dedo contra el antifascismo como nuevo opio del pueblo. “Trump, Le Pen u Orban están siendo demonizados como el diablo contra el que unirse. Son una amenaza pero esta imagen sirve como fetiche político que está impidiendo el obstruccionismo más básico. En Francia, Macron era el candidato antifascista, y solo por eso se desechaba cualquier crítica”, aseguró.

A partir de ahí, dedicó parte de su charla a la emancipación femenina. Y a polemiza. “Cuando las mujeres se visten provocativas, se objetualizan para atraer al hombre, están jugando activamente. Y esto es lo que molesta a nuestro chovinismo masculino que se indigna contra una chica que provoca y luego no quiere acostarse con nosotros. Rechazo la crítica a la objetualización que hace el feminismo; estoy a favor, es uno de los mayores logros de la liberación sexual. Las mujeres tienen derecho a objetualizarse; deberían tener el control del juego de la seducción”. Él, en sus conferencias, siempre lo tiene. Tanto que de Lubitsch, en realidad, ni habló.

jueves, 26 de abril de 2018

Luigi Zoja: "En la sociedad pospatriarcal, destituido el padre, reaparece el lado masculino más terrible"

El analista y sociólogo italiano afirma que existe correlación entre la ausencia del padre y la tendencia del varón adolescente a la pandilla, la delincuencia y la droga. Presenta una reedición actualizada de “El gesto de Héctor”, una fascinante historia de la función paterna
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La generación de los 70 quería poner fin a los abusos del patriarcado pero, "se borró demasiado del padre", y paradójicamente "las sociedades pospatriarcales siguen siendo macho-céntricas, sólo que hoy existe más la horda, la manada de los machos", dice Luigi Zoja en esta charla con Infobae. El ensayista está de visita en Buenos Aires, al tiempo que sale a librerías una reedición de El gesto de Héctor. Prehistoria, historia y actualidad de la figura del padre (Taurus, 2018).
"No se trata solo de que la cultura nos haya proporcionado al padre, sino de que tal vez su propia apariencia nos ha dado la cultura, la salida definitiva del estado primordial, de la condición animal", escribe Zoja en la introducción de su ensayo. Lo que a su vez explicaría por qué la retirada de muchos hombres de la función paterna implica una regresión a formas de violencia inquietantes. Hasta los resultados de las pruebas PISA, que muestran un continuo descenso en el rendimiento de los estudiantes varones, tendrían, en opinión del ensayista, un vínculo con esta destitución del padre.
Y, en ausencia de la ley paterna, la Iglesia Católica, señala Zoja, pese "a las críticas fundadas" que se le pueden hacer, resulta ser, en algunas zonas y barrios marginales, la última barrera frente a la mafia que recluta a jóvenes en "orfandad" de padre.
La modernidad, con su libertad para las separaciones, es irreversible. Pero, cree Zoja, esta ausencia del padre ha tocado su techo y posiblemente exista hoy conciencia de sus efectos negativos, aunque no sea fácil predecir hacia dónde se encamina la sociedad pospatriarcal.
Entre tanto, su libro ofrece muchas pistas y pone en evidencia varias paradojas en la transformación de una función que, contra lo que puede parecer, es muy reciente en la larga historia de la evolución humana.
Luigi Zoja nació en 1943. Es sociólogo y analista junguiano y fue presidente de la Asociación Internacional de Psicología analítica. Su libro, que ya es un clásico, toma la figura del héroe troyano Héctor, entre otros mitos de la Antigüedad clásica, como arquetipo en la "creación" de la figura paterna, y también hace un recorrido de ésta a través de toda la historia hasta la actualidad.
Luigi Zoja - El gesto de Hector 1
— Usted sostiene que ya estamos en una sociedad pospatriarcal, aunque subsistan estructuras mentales, fundamentalmente marcada por la destitución del padre, o del hombre de su rol de padre. ¿Eso es positivo o negativo en su opinión?
— No tengo la autoridad para decirlo, sólo soy un psicoanalista. Fue más problemático de lo que se esperaba; yo pertenezco a la generación de los años 70, que esperaba cambiar muchas cosas en la sociedad de Europa occidental y que, entre otras cosas, colaboraba mucho con el movimiento feminista. Se esperaba, dicho muy groseramente y en resumidas cuentas, tener una sociedad con valores más femeninos y esto en la política podía por ejemplo corresponderse con gastar menos en armas y más en servicios sociales, que son como una prolongación de una actitud materna, y destituir, o borrar, los excesos del patriarcado, no necesariamente del padre, sino del patriarcado. Como ambas cosas están ligadas probablemente se borró demasiado del padre en el sentido familiar y lo que resultó no es una sociedad… en fin, hubo logros, claro, en lo que concierne a los derechos de las mujeres, pero, en general, tanto en América del Norte, como en América Latina o en Europa –por no hablar del Este-, las sociedades pospatriarcales siguen siendo macho-céntricas, sólo que existe más la horda, la manada de los machos. Eso me parece bastante alarmante, peligroso. Las estadísticas de violencia entre los adolescentes varones en muchos países está fuera de control.
— Hay una paradoja a la que quizás su libro dé alguna respuesta y es que avanza el movimiento de emancipación de la mujer, avanza la igualdad, y sin embargo parece aumentar la violencia familiar y dentro de ella el femicidio. Hay quien dice que es sólo porque ahora se denuncia esta violencia, se la ve. Ahora bien, usted señala que el hombre, al ser destituido de su rol de padre, vuelve al instinto primitivo, que es la horda, y eso también puede explicar el aumento de la violencia. 
— Creo que se da una combinación de los dos factores. Ahora en Italia se creó la categoría femicidio. Antes probablemente se mataba a las mujeres como hoy sólo que se hablaba de homicidio y no de femicidio. Al mismo tiempo, es muy probable que estemos viendo también en muchos ambientes una degeneración típica del género masculino. Es decir, no es que desaparece, solo que hay estas dos polaridades: la del padre seguramente tenía que ser criticada, porque había abusos en todo sentido, pero el padre también estaba dedicado a la formación de los hijos, particularmente de los adolescentes varones cuando tienen, en todo el mundo y en toda época, esa pulsión de energía casi física, hormonal. Desapareciendo esto, lo que reaparece es precisamente el lado masculino más terrible. Se ve por ejemplo en las estadísticas de la OCDE, los 20 países más desarrollados incluyendo a la Argentina, es que en las últimas dos décadas el promedio de las prestaciones de los adolescentes varones sigue cayendo con respecto a…
— Usted se refiere a las pruebas PISA que miden el nivel educativo.
— Exactamente. Los varones siguen bajando. Y las pocas interpretaciones psicológicas de esto dicen que entre las mujeres permanece el modelo de la chica exitosa que ya se ve en la escuela, que estudia bastante, etcétera. Para los varones, particularmente en los sectores desfavorecidos, el ideal es el que va por primera vez a la escuela con un cuchillo, por ejemplo. Aun si está el buen estudiante, la admiración va hacia el lado más primitivo de la masculinidad. No sé si se conoce el clásico cuento italiano Pinocho. Pinocho es hijo de un padre muy débil y se va, siguiendo a un compañero más grande, el Mecha, que es un transgresor total. Eso es típico de los adolescentes varones en cada generación, y es difícil ponerles límites.

“Pinocho es hijo de un padre muy débil y se va, siguiendo a un compañero más grande, el Mecha, un transgresor total”, dice Zoja, que toma en su libro muchos ejemplos de la literatura y del cine
“Pinocho es hijo de un padre muy débil y se va, siguiendo a un compañero más grande, el Mecha, un transgresor total”, dice Zoja, que toma en su libro muchos ejemplos de la literatura y del cine
— Es decir que la ausencia del padre, la ausencia de una figura paterna, lleva a ese adolescente a buscar esa referencia en otro lado. En el aspecto más primitivo, en el de la fuerza.
— En el aspecto de la fuerza y no del orden. Decimos orden no en el sentido militarizado, dictatorial, sino el mínimo de orden que una sociedad civil necesita. En Estados Unidos, donde como sabemos la población carcelaria es muy grande, de entre dos y tres millones de internos, es decir, estadísticamente muy significativa, la gran, gran mayoría, más del 80 por ciento de los norteamericanos que están en la cárcel son hijos de familias sin padre.Entonces la correlación para los estadísticos es muy, muy, evidente.
 El derecho al divorcio, algo natural e irreversible, tiene un lado problemático que es esta ausencia del padre, cuya función sufrió un derrumbe tanto estadístico como simbólico
— Correlación entre ausencia del padre y violencia juvenil, delincuencia, drogadicción…
— La drogadicción fue empeorando claramente en Estados Unidos. Era típica de los afroamericanos, que ya no tenían padre por la herencia de la esclavitud, pero ahora ingresó también en las clases medias blancas. Y ello también es consecuencia de las leyes de la democracia de hoy, del derecho al divorcio, que es algo natural e irreversible, pero tiene un lado problemático que es esta ausencia del padre, cuya función sufrió un derrumbe tanto desde el punto de vista material, estadístico, como desde el punto de vista simbólico.

— El feminismo, especialmente cierto feminismo muy agresivo y con un discurso anti-varón genérico, ¿es causa o consecuencia de la destitución del padre?
— Me parece que es más una consecuencia; sería exagerado acusarlo… Incluso hoy, no solo en Italia, sino en toda Europa occidental, si bien existe un feminismo duro, está muy, muy, reducido si uno lo compara con el de hace medio siglo.  Mi análisis, que no es solo mío, también retomo material de historiadores y antropólogos, es que toda la historia Occidente, nos guste o no, es una historia patriarcal, con su machismo, su agresividad, sus excesos, etcétera. Pero fue patriarcal y el padre ofrecía una estructura. Al pasar a la Modernidad, con la Ilustración, el secularismo y el análisis más racional, con la Revolución Francesa que anuncia el principio liberté, égalité, fraternité, es decir el nivel horizontal, donde los hermanos se vuelven en un principio más importantes para la nueva sociedad que el principio vertical de la autoridad del rey que, en la familia, era representada por el padre. Se trata de borrar las dos, no solo la autoridad del rey sino también la excesiva del padre en la familia y se establece el principio de los hermanos que, en su forma problemática, se convierte en el principio de la horda.
— Otra paradoja que destaca en su libro es que, por un lado se destituye al padre, o su función se va borrando, y en parte influyen mucho las separaciones con el alejamiento físico del padre de la familia, pero al mismo tiempo desde el punto de vista legal el padre tiene una obligación de por vida. Incluso usted señala que ello implica una desigualdad porque la mujer puede abortar sin consultar al progenitor varón –allí donde es legal, y el proyecto que se discute actualmente en Argentina así lo autorizaría-, pero el hombre está obligado a reconocer y mantener a su hijo aunque no lo haya deseado… 
— Claro. Bueno, tampoco la biología es democrática… Y en general, a lo largo de la historia, el sexo masculino sacó más provecho de la diferencia. Ahora tal vez ha llegado un momento en el cual es al revés, porque con el ADN siempre se puede trazar quién fue el padre, aun si éste no deseaba serlo.
 En las sociedades humanas más primitivas, ya hay un padre
—Al varón se le suelen atribuir instintos más salvajes, más primitivos, pero al mismo tiempo usted dice que la función paterna del hombre es una construcción reciente, cultural, y lo que nos diferencia de los animales, más que la función materna.
— Cultural, sí. Esto no lo digo solamente yo. La principal fundadora de la antropología en el siglo pasado, Margaret Mead, fue la primera en analizar la sociedad norteamericana moderna diciendo eso. No tiene que enseñar la a ser padre, si no se olvida. En los animales más cercanos a nosotros, los grandes monos, que tienen características genéticas iguales a las nuestras en un 96, 97 por ciento, todavía los machos simplemente pelean entre ellos y el más fuerte organiza un harén de hembras y transmite sus caracteres genéticos y se selecciona entonces siempre al más agresivo y peleador. Esto, en las sociedades animales más cercanas a la nuestra. En las sociedades humanas más primitivas ya hay un padre. Entonces se creó algo que es diferente a todas las sociedades.  Pero fue, y es, una construcción; lo dice la antropología, la sociología, los historiadores más o menos. Porque aunque hay también un instinto protector en el macho hacia los pequeños, es muy reducido si lo comparamos con la maternidad, porque no surge del cuerpo de manera tan directa, Es una construcción, es difícil. Una cosa buena, surgida hace unos años, es que se agrega al padre a los cursos pre-parto para las mujeres que van a ser madres. Es fundamental, es un hecho de educación. Porque el instinto nos guió hasta algo que pasó 9 meses antes; no tenemos relación y tenemos que construir una relación con el pequeño ser que llega. Y acá hay algo interesante. En mi práctica clínica como psicoanalista veo muchísimos segundos compañeros o segundos maridos de una mujer que tiene hijos del primer matrimonio. Se dice incluso que cada paternidad es una adopción: tengo que tener la voluntad específica de volverme padre, incluso cuando el hijo es biológicamente mío. Pero eso implica que cuando soy el segundo marido puedo hacer muy bien la tarea. Se trata de construir esta relación día a día.
— Interesante. Ahora, me llamó la atención un detalle en el libro, pero que acá sucede mucho en los barrios marginales, que la última barrera que encuentra un chico sin padre frente a la tentación criminal o la droga, es "el sacerdote socialmente comprometido". En Buenos Aires justamente existe una red de curas villeros que dejó Jorge Bergoglio.
— Sí, en los países católicos pese a todas las críticas que se le hacen a los religiosos, fundadas también, tienen esta función. Y por ejemplo en el Sur de Italia, en Sicilia, son la última barrera en contra de la mafia, que está reclutando entre los adolescentes varones que desean ser "machos", ser sus nuevos soldados. Y los reclutan precisamente en las familias sin padre.

— ¿Qué perspectiva ve? ¿Hacia dónde va la familia, el padre? Usted dice que los hijos todavía tienen la memoria de una imagen paterna y buscan un padre. ¿Qué les espera a esos hijos?
— Teóricamente como es la historia humana la que nos dejó el padre, la historia podría retomarlo… Eso me parece exagerado. Pero la desaparición, la ausencia del padre, llegó a un techo. Esta es la segunda edición actualizada de mi investigación y se veía que este fenómeno seguía creciendo a fines del siglo pasado, pero tocó un techo y no va a crecer más. En las ciudades que, comillas, marcan tendencia, como París o Nueva York, ya la mitad de los chicos está creciendo sin padre.    Pero tocó techo y seguramente hay mucha más conciencia. Hay padres mucho más afectuosos. Hay una nueva generación tierna. Pero el problema de eso es que no sustituye totalmente al padre. Sustituye a la madre en su actitud protectora. El padre tiene la función secundaria de enseñar en la familia que hay leyes. La desaparición de esta función es un hecho problemático porque no es solo estadística, es la crisis de la identidad masculina y los ataques, a veces exagerados, por el hecho de haber nacido varones como si fuese una culpa, ¿no? Entonces los varones padres se vuelven un poco más protectores como una madre, pero es difícil para las nuevas generaciones volverse padres y enseñar a sus hijos varones a ser padres a su vez. Entonces la ausencia de padres es muchas veces no la sola ausencia estadística por el divorcio, sino que hay un padre pero se vuelve pasivo. En mi libro cito una frase de una paciente, bastante impactante, que decía que "el padre tradicional de la familia italiana" -y ella pensaba en su abuelo- "era un tirano pero era un padre; el padre actual es un idiota sentado frente a la televisión". Es decir pasivo.
— Ya no encarna la ley.
— La ley, la responsabilidad. Necesitamos una ley, no sólo en la sociedad, sino también en la familia. No podemos vivir sin ley. Y existe la posibilidad de colaborar con los hijos enseñándoles que la ley es una cosa positiva, que vas a ser feliz cumpliéndola.